miércoles, 27 de junio de 2012

ALGO ASI

Y, mirándome desde fuera, veo mi cuerpo fragmentado en trozos, como haces de luz cortados como son cortados los espejos para hacer alguna obra de lo que a veces llaman arte, vuelve a ponerse en su lugar. Las partes se reincorporan, se unen para darse sentido unas a otras, nuevamente. Desde mi tribuna,  las veo como me invitan a pasar, a ser parte una vez más de la realidad.
Las vacaciones se terminaron y no volé de vuelta.  Me quedé sin sentir muy bien el peso de las decisiones. Para eso estaba el tiempo, y el tiempo ya hizo su parte, terminando de hacerla justo ahora, cuando me encuentro aquí,  viajando dentro de un viaje que se quedo sin retorno y no sabe aun muy bien cual es su destino.



Estoy en el metro, voy a clases, porque estoy en la escuela. Voy al colegio todos los días para aprender el idioma que se habla en este país. Dimensiono otra vez: “voy al colegio en un tren lleno de gente blanca y seria, a aprender uno de los idiomas más difíciles de la occidentalidad”. Y me sorprendo. La consciencia del que sabe perfectamente lo que está haciendo, asusta un poco.
El vagón del metro, es amarillo y tiene la forma de un contenedor. Vamos directo a meternos  en un barco,  para seguir el viaje hacia donde nadie sabe. Mis compañeros son blancos, en sus caras se transparenta un frio antiguo, una seriedad cerrada.  Yo medio me sonrío, porque es mejor, porque estoy aterrizando otra vez en mi.
Me pregunto si alguien podrá darse cuenta de  todo lo que estoy sintiendo. ¿Podrá alguien presenciarme como yo me estoy presenciando?  
Mejor que no. Si miran hacia mi, los trozos de espejo, vidrio y luz, podrían hacer que vieran sus propias caras, y creo que no les gustarían mucho. La mañana Berlinesa no tiene un rostro muy amigable. Veremos que pasa el resto del día, de los días. 

martes, 29 de mayo de 2012

PARTIR


Aunque fuma y le gusta hacerlo, ella está convencida de que fumar es malo. Muchas veces, mientras aspira su cigarrillo, piensa en lo tonto que es hacer algo que de todas maneras le daña el cuerpo y el bolsillo. Cada oportunidad que tiene de no fumar, es una especie de pequeña salvación involuntaria y cómoda. Pero a ella le gusta fumar. No sabe por qué, y ahí está el asunto: si supiera no tendría estas reflexiones, que luego de un rato considera innecesarias, porque no va a dejar de fumar.
Está en el aeropuerto, debe esperar diez minutos hasta que comience el embarque del vuelo que la llevará desde Santiago de Chile a Madrid de España. Se va de vacaciones y ahora mismo siente ganas de fumar. Pero no puede hacerlo. Este aeropuerto no tiene un área de fumadores. Ella piensa que está muy bien, que es mejor para la sociedad entera que existan espacio/tiempos en los que a los fumadores les sea imposible ejercer su vicio. Pero quiere fumar. Vuelve a pensar lo mismo que al comienzo, pero no se le quitan las ganas de fumar. Descansa.
Esta sentada descansando de lo que fue la despedida. “Siempre te voy a recordar” – le dijo su madre abrazándola, antes que se metiera en policía internacional. A ella no le gustó nada el dramatismo en la voz de su mamá. Le dio rabia y se sintió culpable de que no le gustara y de que le diera tanta rabia, de que la incomodara tanto pero tanto.
“Ayyy, no digas eso!!.. tan.. tan.. de-fi-ni-ti-vo” - le contestó con la boca pegada a su hombro, queriendo decirle que la cortara con el sufrimiento, sintiéndose un poco mala hija, muy incómoda y medio atorada con pelusas de lanilla roja de la chaqueta de su mamá.
Era raro sentirla tan cerca, era raro querer tener ahora, algo que fue desperdiciado en tiempos en que era repartido a manos llenas.
Entonces la atacó ese maldito acto reflejo, que a pesar de años de terapia aun no logra erradicar: tenía que reparar el impacto que sus ultimas palabras pudieron causar. Ya sea el tono, el gesto; sentía que debía casi disculparse por lo que sentía:
“Todavía no se sabe”- le dijo con un sonsonete medio cantado y dulce. Luego abrazó a su padre y escuchó sus recomendaciones sobre como cuidar el dinero.
Ellos se separaron hace más de veinticinco años, pero aun siguen casados legalmente. Ella no tiene recuerdos de los dos juntos, como pareja. Siempre le ha parecido extraño estar con ambos al mismo tiempo. No le gusta, se siente extraña, como en medio del gran abismo que separa a ese hombre y a esa mujer.
Y no es que sus padres no se hablen o tengan una relación poco cortés. La razón es porque son dos seres humanos totalmente distintos uno del otro. Le llega a doler el tiempo en que pudieron amarse ( se amaron alguna vez?) y hacerla. Hacerla a ella. Me entienden?. Ella desconfía de todo eso, como si nunca hubiese pasado, como si fuese una historia a la cual no pertenece o que no está registrada en ninguna parte, ni de su cerebro ni de su cuerpo.
“Un registro que quedó atrapado en el abismo entre ellos. Un mundo del que ellos nunca han sido realmente parte..mi mundo”- pensó mientras esperaba sentada en la sala de embarque.
Los tacos altos y puntudos de una mujer se aparecieron en las baldosas brillantes en donde tenia clavada la mirada. Subió los ojos sin mover la cabeza, y los pantalones de la mujer parecían tan incómodos como los zapatos. No entendía por qué algunas personas, especialmente algunas mujeres, se vestían así para volar. Podría ser por varios motivos, pero siempre llegaba a la conclusión de que simplemente, mucha gente se sentía cómoda con lo que a ella le incomodaba.
Le gustaba pensar en el gran aparataje y en los ritos de aeropuerto: las despedidas con la familia entera casi batiendo banderitas y tomando fotos al que se va no más por 3 semanas de vacaciones (vergonzoso); la mujer de los tacos y el peinado de peluquería (ridículo); el llanto de las parejas separadas por un viaje (triste); los hombres de negocio solitarios y con maletas costosas (plata); los mochileros que no se han cambiado de ropa en semanas (vida); y así, tantos mas.
Ella siempre me decía que todos los viajes eran importantes, pero los viajes en avión y de largas distancias, parecen ser más importantes aun, quizás porque son la oportunidad que tiene el ser humano para hacer una de las cosas que no logra hacer si mismo (quizás nunca lo logre), algo para lo que no fue diseñado: volar.
Ya había asumido que no fumaria antes de subir al avión. Quería escribir unas líneas, eso si, antes, según me dijo. Algo así como iniciar su diario de viaje de forma metódica. Pero no lo hizo. Le costaba empezar lo que quería hacer. Le costaba continuar lo que quería terminar.
“Me siento tan agotada, como cansada de vivir. Entiendes?..¡No creas que quiero morirme!! Quiero vivir más que nunca, pero no como lo he hecho hasta ahora... Bah, leseras que hablo cuando estoy por subirme a un avion”.
Corté el teléfono y pensé que ella podía morir. Como todos, de hecho. Esa mañana, fue la última vez que oí su voz.



lunes, 8 de agosto de 2011

De vuelta en ¿casa?

De vuelta en ¿casa?

Ahora q me siento frente a las letras, para servir al plato lo que se ha estado horneando en mi interior, siento que la actividad es terapéutica. Me refiero a la actividad, al actuar, ya sea escribir o cocinar… o cualquier ACT i vidad..Algo de acción, algo de vida.

Como ya han visto, si han leído mis últimos post, no sigo viajando, al menos por el mundo exterior. Volví a mi país, y mis viajes son, por ahora, solo a mi propio interior (como es usual) y no había escrito ya que la vuelta a la estructura del trabajo, parecieran no dejarme el tiempo que necesito para observar (me), silenciarme y escribir.

Pero sí que en mi vida siguen pasando cosas. Y con el afán de contarles en lo que he estado últimamente, es que me senté, hoy domingo de poca lluvia, segundo día en piyama ininterrumpido, (y digo ininterrumpido porque, por más que pases el fin de semana en casa, puede ser que en algún dichoso momento te saques (n) el piyama y te lo vuelvas a poner. Este no fue el caso).

Este relato se trataría sobre lo difícil que me ha sido encontrar un departamento para arredrar y vivir en el. Me senté a escribir algo casi como una declaración de rabia y frustración guiadas siempre por el imperativo del tiempo “han pasado….. meses, y no he podido encontrar un departamento que me acomode”… Y bueno, gracias a la actividad, vino la revelación, la cosa terapéutica que le atribuyo al “hacer”, como decía al comienzo. El simple movimiento de los dedos que en este caso me llevó a darme cuenta de que solo en mi cabeza existe el laaargo tiempo que llevo buscando, pero que en la realidad no es más que un mes y medio.

Llevo un mes y medio buscando un departamento de un dormitorio, con cocina normal y no americana, una pequeña terraza y, ojala, piso de madera o flotante (porque se le llamará así?. Un misterio mas por resolver). Y no lo he podido encontrar. No he podido encontrar mi nueva casa luego de un largo viaje por varios lugares del planeta.

En esta corta búsqueda, y que alivio me da escribir que ha sido corta, la ansiedad, el apuro, el deseo de volver a tener mi espacio propio, se han apoderado de mi en varios momentos. Es como si el paso de volver, no se ha completado aun. Por momentos se siente un vacio, un vacio bien de adentro, que en mi caso nunca se había relacionado con el lugar físico que estoy ocupando, o que deseo ocupar. Este vacío va mucho más allá.

Creo que es inevitable que las personas nos aferremos a cosas, que nos sirven como piso y como techo, como refugio, en el fondo, como un hogar. Miedos, posiciones en el trabajo, aprehensiones, relaciones, creencias y nuestros propios sueños. Uno se aferra a las ideas que tiene de la vida, y vive en ellas. Tan tranquilos, tan cómodos y cuando estas cosas se desvanecen, sientes que te quedas desprovisto, a veces como en la calle. O viviendo de allegada en casa de una buena amiga, como yo ahora.

Cuando has dejado una vida armada, en la cual tenias una casa, un gato, una alfombra blanca con rojo que le hacía juego a tu sofá y a la lámpara, un trabajo, amigos y sobre todo, un gran sueño, para ir detrás de otra vida, en otro continente, en la cual imaginabas que ese sueño se haría realidad, no es fácil aceptar que la realización de ese sueño no era como tú lo imaginabas. Al fin y al cabo uno apuesta y nadie te asegura el éxito o ganancia. Una de las gracias de la vida, por lo demás.

Decides volver, y ya no hay nada de lo material que antes tenías: ni el trabajo, ni la alfombra, ni el gato. Pero cuando te das cuenta que ya no está el sueño aquel (al menos por un rato) sientes ese gran vacío. Esa gran falta de refugio, de algo en donde te esperanzas, te amparas, te proyectas y pasas tus días presentes especulando, soñando. Cuando estas de vuelta, el presente esta aquí, por construirse todo otra vez. Tu vida está otra vez vacía y en tus manos. Qué bonito, suena a libertad. Es por eso que urge recomponerla, llenarla de cosas otra vez, y si tienes la fuerza necesaria como para no andar llorando en el metro, que mejor. Pero lo que más duele, es el sueño que has “quemado”. Te revelas un poco, al comienzo, pero a medida que pasan los días, aceptas más que ya paso. Que hiciste todo lo que querías y sentías que debías hacer, y ya. Y vislumbras que vendrán más sueños, claro que si, de otra forma estarías un tanto muerto.

En estos casi dos meses de búsqueda de un hogar, de querer encontrar el lugar ideal para vivir y estar cómoda ahí, he sentido que, más que eso, quiero encontrar de nuevo el lugar dentro de mi en el cual sentirme cómoda y feliz, un nuevo refugio y espacio para habitar, pero en mi interior, un nuevo sueño. Y me he dado cuenta que viví mucho de eso. Esperando que se realizara aquello que me iba a hacer sentir en medio de fuegos de artificio todo el tiempo: el sueño realizado. Y parte del aprendizaje es que eso ya no me funciona. Y esta más que bien!!! …. Porque de una vez y por todas, creo, estoy viviendo el presente de manera brutalmente hermosa. Oh!

Un mes y medio es poco para darte cuenta de algo tan importante como lo que acabo de escribir más arriba, al menos para mi. Y comparado con eso, un mes y medio es nada buscando un departamento para habitar. Creo que ahora que ya me di cuenta que mi mundo interior se está renovando, he aprendido nuevas e importantes lecciones gracias al ir y volver, y que pronto estaré lista para encontrar mi mejor refugio, sin desesperarme ni apurar. Hasta el pulento carpintero decía “como es adentro es afuera, como es arriba es abajo” Ustedes entienden.

Este tiempo y el proceso de la búsqueda del refugio material, tiene mucho que enseñarme y creo que es la última patita del viaje. Aprender la paciencia, el esperar por encontrar lo que realmente quieres, regodearte si es necesario, total techo y comida no me han faltado. No voy a tomar lo primero que se me cruce porque me sienta presionada o culpable por ser regodiona. Romper con lo que te han dicho que debes hacer y aceptar algo que no quieres, porque “es lo que hay”. Para eso ya sé que tengo agallas y eso solo te lo da la confianza en ti mismo y el dejar de lado el miedo. Más que mal, no cualquiera se va a vivir a África con un hombre que conoce hace una semana.

sábado, 4 de junio de 2011

EL SENTIMIENTO BIBLIOTECA (Pública de Providencia)

Los casi tres meses que estuve viviendo en Benalmádena, Málaga, quedé impresionada por la cultura bibliotecologística (o como se le llame) que había en el lugar.
La biblioteca era un lugar súper concurrido, silencioso como debe ser y siempre lleno de gente con sus laptops, libros, cuadernos y lápices, sentados ahí, en las amplias mesas comunes. Jóvenes y no tan jóvenes con sus botellas de agua y audífonos en las orejas, y coloraditos de lo concentrados y quizás también por la sensación de estar bien acogidos en este lugar de conocimiento, entretención e introspección.

Me imaginaba yo que estarían estudiando, ¿seria para la Universidad o para el colegio?, ¿serian autodidactas o solo locos obsesionados hermosamente con algún tema que movía sus días?

De vuelta en Santiago mis días no han sido muy productivos, solo internet, escribir un poco, fumar y caminar mucho, y algo de café con nuevos amigos. Así, me voy salvando de una especie de letargo desesperado en el que he caído, mientras espero el bendito día en que mi persona se instale en su nuevo lugar de trabajo.

Hoy es sábado, hace frio y son casi las dos de la tarde, tengo hambre, pero también quiero meterme a navegar por internet. Estoy aburrida, nada me motiva, así que el destino es estar en un ciber café muy poco rato, y luego la casa, comer algo y dormir toda la tarde.

Pero como mi diario intento de andar con los ojos abiertos mientras camino por la ciudad, a veces da muy buenos resultados, mientras caminaba por la vereda sur de Providencia, me topé de frente con ese edificio de ladrillo rojo que tiene un reloj de cobre en la pared: La Biblioteca Pública de Providencia, donde siempre hay jóvenes afuera, bicicletas estacionadas, y , aunque quizás lo único que te encuentras al salir es un taco de orugas del transantiago y una iglesia sin campanario, y no un parque con conejos sueltos y lagunas, la gente entra y sale, toman café y fuman afuera, igual que en Benalmádena.



Entré y un señor guardia me saludó súper cordial. Al voltear a la izquierda lo primero que me encuentro es con un acogedor y templado salón lleno de sillones, con un par de mesas comunes de estudio y una mesa de centro con revistas entre los sillones. También varios estantes de libros disponibles para consulta en sala. A parte de los objetos, lo más importante, era que había al menos diez personas: algunas leyendo el diario de hoy sentado en los sillones, otras con sus laptops, otras sentadas con libros y laptops muy estudiosos compartiendo mesas, todos cómodos y en silencio, o murmurando secretos de sus quehaceres y de lo que para mí son las bellas motivaciones que hacen a las personas visitar una biblioteca en lugar de quedarse con los recursos que pueden tener en casa y la web.
“¿Puedo conectarme a internet? – le pregunte al guarda libros, perdón, al guardia de seguridad. Un señor mayor que tenía cara de bonachón, lo más lejano a guardia de farmacia.

“Claro – me dijo- ahí hay un enchufe.” Mientras me indicaba detrás de un sillón.
Yo feliz me instalé y respiré la sensación de estar en este lugar, por primera vez, un frio pero soleado sábado de junio, a la hora de almuerzo. Y se sintió bien. Cómodo, seguro y tranquilo, perteneciendo a un pequeño reducto en medio del ruido y la nube negra, acompañada de personas con las que teníamos en común el decidir estar aquí.

Me volvía a preguntar en que estaba cada quien, admirada de quienes parecen estudiar tan concentradamente y con tantos recursos a la mano, incluso con su botellita de agua; sorprendida por la señora que pasa con su bolsita de Falabella a leer la revista caras. O el señor de barba blanca y larga que lee algo en otro idioma que no se que es. Recordé casi con la piel, que no me gustaba nada ir a la biblioteca en mis días de estudiante, porque me impacientaba hacer las tareas con gente al lado, o estudiar en las mismas condiciones. Prefería pedir y llevar a la casa. Aún no descubría el "sentimiento biblioteca".

Y hoy me encuentro aquí sentada sin ningún otro objetivo que conectarme a internet, a revisar mi correo (que de seguro no tiene muchas novedades, aunque me equivocaba), conversar con una que otra persona por chat y decir una que otra cosa en twitter… ah, y también mirar la vida de los otros en Facebook.
Entonces pienso que un sábado a media tarde también hay vida fuera de las camas de los trasnochados, que hay un punto de internet gratis en pleno Providencia y que conectarte desde acá hace que te den ganas de estudiar, de leer, de escribir (como a mí) y no solo de quedarme sapeando las fotos de personas que a penitas conozco.
Lo mejor de la Biblioteca es que atiende de lunes a viernes de 09:00 a 23:45, y sábado, domingo y festivos de 10:00 a 19:45. Ah, y además, huele a café.

jueves, 2 de junio de 2011

NO ME GUSTA!

No me gusta cuando los taxis llevan encendido el cartelito de LIBRE y no están libres.



No me gusta mirara a personas que están cerca mío (metro, micro, parques, paraderos, etc.) abriendo sus billeteras.

No me gusta que cuando voy a sentarme en un asiento vacio del metro aparezca una Señora de la nada y lo ocupe, como si no se diera ni cuenta. En la situación contraria yo soy igual y tampoco me gusto




No me gusta la gente que pasea a su perro y te pone mala cara si quieres “saludarlo y tocarlo” (se entiende el perro). De todas formas es bueno pedir permiso para acariciar a la mascota que andan paseando

No me gustan los ratones, ni las serpientes ni las cucarachas.

No me gustan las calzas que imitan a los jeans hasta como si tuvieran cierre falso

No me gusta el Tavelli del Drugstore

No me gusta cuando quiero moverme de un lugar a otro y no puedo porque dependo del transporte de otra persona. Me angustia.

No me gusta no tener plata para andar en taxi

No me gusta la gente senior que se besuquea con lengua expuesta en el metro

No me gusta que me miren raro cuando en la calle me dan ganas de sacarle una foto a cualquier cosa

No me gustan los vendedores o dependientes, o cualquiera se desquite atendiéndome mal en una tienda, porque su pega lo tiene chato.

No me gusta la estación del metro Franklin

No me gusta la tienda Johnson´s, ni Lui Vuitton, no Tous, esa del osito.

No me gusta que la gente se vista entera de blanco

No me gusta que las niñitas vayan maquilladas de ojos al colegio

No me gustan las uñas largas y puntiagudas en mujeres (menos en hombre la del dedo chico en esta condición)

No me gusta NADA las uñas acrílicas súper cuadradas con la manicura francesa a la mitad No me gusta NADA esto.




No me gusta que los adultos usen colonia de guagua

No me gusta que esa voz grabada en el metro diga TODAS las estaciones

No me gusta la alfarería ni nada por el estilo.

No me gusta estar en grupos de gente muy numerosas y que llegue un momento donde haya que hacer dinámicas

No me gusta ira al ginecólogo

No me gusta la bata que te hace ponerte el ginecólogo


No me gusta quedar en la bata del ginecólogo y solo con zapatos y nada más.

No me gustan los eufemismos

No me gustan los sopapos

No me gusta que la gente se llame cariñosamente de gordito o monito

No me gustan los alimentos ni bebidas light. Ni esas cosas para el transito lento.

No me gusta el vaticano